
Es 17 de octubre, resuena la marcha del jueves hacia el Congreso y aquella otra fundadora del peronismo, sobre la que escribió bella y descolocadamente Leonidas Lamborghini, con su poema "Las patas en la fuente".
No soy peronista, pero estoy encaminada a serlo, tal vez. Las dinámicas ideológicas tienen destinos insospechados, mezcla de reflexión, contexto y emoción. El amor, un amor, te puede inyectar una dosis importante de ese mestizaje cognitivo, concienzudo, sentimental. O no. Me refiero al amor y no al enamoramiento, hablo del sentimiento persistente que supera la alteración química cerebral de los primeros encuentros.
Es 17 de octubre y pienso que nunca canté la marchita. Para mí Perón era (según relatos gorilones que escuché en la infancia entre los adultos de la familia ampliada), el que se cogía a las chicas de la UES. Eva, más que la abanderada de los humildes, una chica que se ponía pieles y ropa suntuosa para salir de gira y visitar a Franco.
Claro que también y cada vez más, ellos son quienes están detrás del poema El solicitante descolocado, aquellas patas en la fuente acuñadas por Lamborghini para referirse al sujeto Pueblo, más la constitución del 49 con los derechos para los laburantes, la beca para una Martha Argerich de 12 años que se fue a estudiar piano a Viena, la máquina Singer de la madre de Facundo Cabral y tantos etcéteras.
Una marcha se canta desde el corazón o porque te lo imponen en el ejército o en la escuela. Nunca sonó con mi voz “Todos unidos triunfaremos”. Esa clase de alabanza personalista no iba ¿no va? conmigo. En todo caso, siempre preferí La Internacional o el Himno de los partisanos. Pero no se puede desconocer lo que es evidente, sobre todo cuando tu sensibilidad está direccionada hacia los despojados, los vulnerados, los nadies, al decir de Eduardo Galeano.
Para la cosmovisión rígida que tuve alguna vez, aquella postura frente al peronismo era coherente con un origen comunista, del pecé pre caída del muro y pre-pre el “profesionalismo” destacado de Videla frente al fascismo de Pinochet. Me es dado el puño en alto más que la V, un legado.
Mi abuela prosoviética, la rusa Rebeca, llegó a la Argentina escapando de los pogroms antisemitas o, mejor dicho, antijudíos. Mi padre, Isaac, como primer acto militante en la Fede, juntó papeles plateados que intercambió por dinero para ejercer la solidaridad internacionalista con los republicanos españoles. Rebeca terminó siendo sionista; Isaac, un devoto de Cristina. Es la dinámica de la ideología, fidelidad o traición al origen, un vínculo con los padres de amor o desamor y mucho más.
En esa genealogía se inscribe mi formación, ni justicialista, ni gorila, independiente y de izquierda. ¿Independiente? Nadie puede serlo, aunque se lo crea. Independiente… todas y todos estamos parados en algún lado, sujetos a, dependientes de tantos “lados” (no hay sólo dos, son casi infinitos).
“No me interesa la política”, dicen, desconociendo que se trata de la actividad que se ejerce para lograr el bien común. Política, los gestos hacia la otredad, que no necesariamente están relacionados con los partidos, una de las tantas formas de organización social humana, a favor de la especie o en contra, con todos sus matices, el bien y el mal común, también.
Visité hace algunos días la muestra del fotógrafo Uri Gordon, Apuntes de mi ciudad, que está por algunas semanas más en la biblioteca popular Helena Larroque de Roffo, Simbrón 3058, Villa del Parque. Las fotos de Gordon responden a una mirada singular: Una pareja de viejos en primer plano, sentados sin tocarse, en un banco de plaza y una pareja, atrás, en otro banco, besándose apasionadamente. Un joven cabizbajo en el interior de un departamento antiguo, visto desde una calle porteña o montevideana e iluminado en contraste con un exterior sombrío. Una niña que está subida a un árbol, escondida entre el follaje, y que imagino cual barón rampante, como la novela de Italo Calvino.
Como escribió Susan Sontag en el libro Sobre la fotografía, se trata de una mirada subjetiva que captura lo que ve como un modo de apropiación de lo fotografiado. Poseer y guardar imágenes, no sólo es un fenómeno estético, sino un gesto político y ético. ¿El fotógrafo se convierte en el propietario de las escenas, en un tiempo acotado? ¿Qué relación establece con los sujetos que toma? ¿Los convierte en objetos? ¿Está por encima o a la par? ¿Lo que captura representa lo real? ¿Hay representación posible o siempre se trata de una construcción?
Hablamos con Gordon de las posibilidades y los límites de su oficio, de la diferencia entre los paparazzis que hacen una guardia para pescar in fraganti a un famoso y los reporteros que se proponen mostrarle al mundo los juegos del poder, las víctimas y los victimarios, esa forma de relación social donde se expresan no ya las desigualdades, que están en el reparto, sino las asimetrías, que radican en la estructura. Por supuesto, en el mestizaje, se puede robar una foto para ganarse el mango e intentar crear conciencia.
Política. Ideología. Ética. De eso se trata. Lo que vemos está siempre filtrado, inevitablemente. Y no se trata de relativizar todo, sino de explicitar desde donde se está mirando/hablando, para que los otros/las otras no caigan en la trampa de la supuesta incuestionable objetividad.
La razón siempre es instrumental, las razones son múltiples y están al servicio de fines. No existen flotando en la estratósfera. Ahí está la racionalidad occidental, que es hegemónica; la oriental, tan distante de nuestra idiosincrasia; las de los pueblos originarios, variadísimas, respondiendo a otras formas del saber, descentradas.
Vuelvo a la experiencia, para recordar que tuve una fabulosa con la presencia y la voz de Miriam Martino, en la Biblioteca Café, esta semana. La cantante y actriz dio una serie de pequeños recitales en los que recorrió temas de Eladia Blázquez, Silvio Rodríguez, Violeta Parra, Héctor Negro, Chico Buarque y otros compositores del continente que el uruguayo Joaquín Torres-García dibujó dado vuelta, el sur al norte. El público cantó con ella, como si se tratara de una reunión de amigos. Allí estaban los actores Roberto Carnaghi, Amancay Espíndola, Mirta Matto, la bellísima gestora, madre del Tantanakuy y gran amor de Jaime Torres, Elba Boffo, el locutor Claudio Orellano y el ángel de Lidia Catalano sobrevolando las mesas.
Como escribió el peruano Nicomedes Santa Cruz: “mi cuate, mi socio, mi hermano, aparcero, camarado, compañero, mi pata, mijito, paisano. He aquí mis vecinos, he aquí mis hermanos, las mismas caras latinoamericanas de cualquier punto de América Latina”. Son los mismos versos que recita tan hondo su compatriota Juan Palomino, son los dichos de otro modo de la Canción con todos. Porteños, argentinos, blancos y marrones, más latinoamericanos que nunca.
Miriam Martino, Voces en mi canto, una fiesta plena de emoción para amainar la lluvia y el frío de un sábado a las cinco de la tarde. Pepo Lapouble, pianista e hijo del baterista y compositor de jazz Pocho; Emilia Tisera en violín, y la dulce cantautora Mijal Guinguis, como acompañantes de lujo. Anotá esos nombres, atención, buscalos en la internet, tenelos en cuenta. ¿El arte y la política nos salvarán? No nos salvamos solos, entre nos.
LH



