Feministas y colectivos LGBTI continúan transmitiendo su saber organizativo de generación en generación, adaptándolo incluso a los contextos más vulnerables.

Ambas agrupaciones han desarrollado una práctica constante de construir alianzas con otras personas, lo que les permite sortear obstáculos y crear redes de apoyo en zonas marginales. Esta dinámica se ha convertido en una herramienta esencial para mantener su presencia y relevancia social.

Además, han aprendido a modular sus expectativas y a emplear la creatividad como mecanismo de escape, evitando la ruptura de normas establecidas y favoreciendo la innovación dentro de sus movimientos. Esta flexibilidad tiene sus raíces en épocas en que sus identidades eran estigmatizadas, mostrando paralelismos claros con la realidad actual.