Las plataformas ya no compiten solamente por mercados. Compiten por gobernar infraestructuras esenciales de la vida cotidiana. Y quien gobierna esas infraestructuras termina influyendo sobre el trabajo, el consumo, el acceso al crédito y, en definitiva, sobre las posibilidades materiales de millones de personas. Como siempre ocurre, los que menos ganan más deuda tienen. Un repartidor de cualquier app que hace entregas a domicilio con frío, lluvia o calor extremo obtiene un promedio entre $1.500 y $3.000 por pedido según la secretaria general del Sindicato de Trabajadores de Reparto por Aplicación (Sitrarepa), que advierte que los trabajadores de aplicaciones están paulatinamente sumergiéndose en un tema de endeudamiento cada vez más serio. La politóloga Lara de Alvear sostiene que “lo verdaderamente novedoso no es que otorguen crédito, sino que puedan hacerlo a partir de una ventaja que ningún banco tradicional posee: conocen el comportamiento económico de sus trabajadores en tiempo real. Saben cuánto producen, cuándo trabajan, cuáles son sus ingresos, la tasa de aceptación de viajes o pedidos y la calificación de los clientes, cómo responden a los incentivos y cuál es su nivel de actividad. Esa información convierte a los datos en un activo financiero y transforma la reputación digital en una nueva forma de patrimonio económico". Es, entonces, un modelo que genera una relación profundamente asimétrica. De Alvear remarca que se asiste a un proceso de integración vertical del poder. “Funciones que históricamente estaban distribuidas entre empleadores, entidades financieras y organismos públicos comienzan a concentrarse en una misma infraestructura digital”.


