En 1970, el autor relata cómo pasaba los fines de semana con su padre, asistiendo a funciones de teatro y cine, aunque la mayoría de las salidas consistían en ver dibujos animados.

Durante esa época, el joven, hijo de padres divorciados, aprovechaba los sábados y domingos para acompañar a su progenitor a eventos culturales. Cuando surgía una obra que consideraban apropiada para un niño de seis años, asistían al teatro, aunque esas ocasiones eran escasas.

La rutina más frecuente consistía en ir al cine, donde solían ver una programación de caricaturas. Estas visitas al celuloide se convirtieron en el pasatiempo predilecto del pequeño, marcando su recuerdo de la infancia en la primera década del siglo XX.