Es, de entre los discos descomunales de la década del setenta, tal vez el más descomunal. Ingresa por lo visual: la tapa. Una imagen submarina hecha por Roger Dean abre la puerta. Parece aludir –alude- a un templo de Chichen Itzá, la ciudad sagrada maya. Dos montañas de piedras gélidas, acuáticas, se ofrecen como flancos laterales de un camino que llega hasta una pirámide precolombina, con la luna asomando detrás. Arriba, en la parte más alta de la noche, el nombre recarga la imagen: Tales From Topographic Oceans, algo así como Relatos de océanos topográficos, dicho y escrito en criollo. Ya dentro del vinilo original, la estética se despliega en dos alas. La derecha, además de la ficha técnica, porta una explicación breve del disco, su prólogo, a cargo de Jon Anderson, y luego las letras que continúan en el ala izquierda. Los nombres de los temas o movimientos (cuatro en total, uno por lado en doble larga duración) también están densamente poblados. Van en castellano para regionalizar su fuerza semántica: “La ciencia reveladora de Dios (Danza de la puesta del sol”. “Rememorando (Recuerden)”. “Los antepasados (Gigantes bajo el sol)”. “Ritual (Nosotros somos el sol).