He de confesarle, prejuicioso lector, que yo soy de la armonía perfecta de Mozart, de la picardía melódica y los acordes sorpresivos de Haydn y de las ansiedades románticas de Beethoven, sin desmerecer las rapsodias y las danzas húngaras de Liszt y de Brahms, que me desdormecen indiscretas chispas gitanas muy escondidas en mis adentros. Claro que también se me eleva el alma en la voz refinada y campestre de Atahualpa, en las armonías vibrantes e incisivas de su prima y sus bordonas, en las honduras del canto de la Negra Sosa y los bajos profundos de Jorge Cafrune, dueños morales de las guitarreadas de mi lejana adolescencia, que se alargaban en noches blancas tan llenas de un arrobamiento distendido y negligente como de sonrisas estudiadamente melancólicas, zambas y chacareras que sonaban, más o menos voluntariosas, cuando algún enamorado cantor o un grupo de amigos jocosos y dicharacheros se amuchaban bajo nuestras ventanas, para darnos serenata en un atardecer de verano. Escucho con placer a Víctor Heredia y a León Gieco. Pero, en verdad, me he mantenido abstemia del rock nacional…