Existe un fútbol que te muerde las tripas, que te aprieta el hígado, que te sopla la nuca. Lo notas enseguida. Es todo nervio. Bulle en los gestos, en los quiebros, en los detalles. No tiene porque ser de contacto. Con la pelota en los pies también se puede crear un fútbol de alta intensidad, que hierva la sangre, que te desencaje el talante.