Una figura se recorta en un paraje solitario, un desierto. Envuelto en una capa, con paso firme, sigue un trayecto recto hacia la costa cuando encuentra, en el suelo, una moneda de oro. La ambición mueve al misterioso guerrero que, por una más de estas monedas, se mete en una ciudad invadida por un gigante de hielo. Estamos en un futuro postapocalíptico de los que hay muchos, de los que hace falta usar menos la imaginación para que aparezcan en la cabeza. ¿Quién es este guerrero? Va a costar descubrirlo, pero no sólo por parte del espectador, sino también por él mismo, ya que lo único que ocupa su cabeza es hacerse de un poco más de oro, dejando en el medio cuerpos petrificados o quemados (sí, nuestro guerrero escupe fuego), fama, reconocimiento y un enorme número de víctimas.

