
El presidente de EE.UU. amenaza con "aniquilar" Irán en la Asamblea de Naciones Unidas, poco antes de sellar un acuerdo con Dinamarca y Groenlandia que le permitirá expandir la presencia militar de su país en el Ártico.
Ya lo dijo el secretario de Guerra de Donald Trump, el ex presentador de la Fox Pete Hegseth: “Negociamos con bombas”. Y este martes el presidente de EE.UU. hizo una demostración ante la Asamblea General de Naciones Unidas, organismo nacido tras la Segunda Guerra Mundial para garantizar la paz en el planeta.
“Tengo que tomar una decisión importante”, dijo Trump en su intervención de media hora: “¿Se llegará a un acuerdo con Irán que les permita reconstruirse y crear un país mucho más grande de lo que jamás fue?… ¿O aniquilo a la República Islámica y lo hago rápidamente, sin darles jamás la oportunidad de volver a matar y destruir personas y países? ¿Los envío al infierno sin posibilidad de supervivencia ni esperanza de grandeza para ellos o para las generaciones futuras? Pero creo que llegaremos a un acuerdo justo después de las elecciones”.
No es la primera vez que Trump amenaza con algo similar. La primera vez, en la primavera boreal, amenazó en un post de Truth Social con “borrar una civilización”. Y aquel día hubo una cascada de condenas ante alguien que se mostraba dispuesto a realizar un genocidio. Este martes, sin embargo, la afirmación de Trump resonó en la sede de Naciones Unidas como una demostración de la diplomacia por la vía de la fuerza a la que se fue acostumbrando el resto del mundo, que en su gran mayoría se sitúa enfrente de la Casa Blanca.
Más tarde, en una reunión con gobernantes del Golfo, afirmó, mientras informaba de una reunión de sus representantes con los iraníes: “Estamos aislando a Irán completamente en el ámbito ecómico. Estamos ejerciendo presión porque esperamos que hagan lo correcto rápidamente, antes de que sea demasiado tarde. Llegará un momento en que será demasiado tarde y no tendremos ninguna posibilidad de permitirles sobrevivir como nación. Quizás haya que volar la Pickaxe Mountain”.
El propio secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, acababa de enunciar un discurso antagonista a la mirada de Trump: “Las fracturas de nuestro mundo se están agrandando, y las grietas se convirtieron en abismos. En el transcurso de la última década estallaron guerras de consecuencias devastadoras que se prolongaron con una crueldad abyecta. Se tomó como blanco a la población civil. Se pisotearon los derechos humanos. Se utilizó el hambre como arma. Se asesinó a trabajadores humanitarios. Se dejó de lado el derecho internacional. Se ahondaron las divisiones geopolíticas. Se acentuaron las desigualdades. Se resquebrajó la confianza. La crisis climática dejó de ser una amenaza lejana y se volvió una realidad de todos los días. Y la inteligencia artificial avanzó a una velocidad que tomó por sorpresa incluso a quienes la crearon. No se trata de crisis aisladas, sino de capítulos de una misma historia… la historia del poder: quién lo tiene, a quién se le niega, cómo se utiliza y cómo está cambiando”.
Cuando Trump atacó Irán de forma unilateral e ilegal el 28 de febrero pasado, afirmó que los bombardeos durarían cuatro semanas. Siete meses después, EE.UU. se encamina a unas elecciones legislativas de mitad de mandato con los precios de los combustibles disparados y la Reserva Federal subiendo los tipos de interés porque sigue sin resolverse la guerra que desataron Trump y Benjamín Netanyahu.
El propio presidente de EE.UU. está conociendo los límites de su poder en Irán, a pesar de disponer del mayor Ejército del mundo, pero eso no lo hace cambiar de manual: “Realizamos decenas de ataques contra barcos con droga que venían por mar, hace tres meses acabamos con el Tren de Aragua, es inaceptable compartir esa frontera con un territorio [mexicano] controlado por los cárteles. Mi Gobierno busca un cambio en Cuba, donde el régimen está con la mayor presión jamás sufrida. Es un Estado fallido, va a caer”.
La dialéctica de Trump siempre está mediada por el uso de la fuerza, ya sea militar, arancelaria o por cualquier medio que le permita obtener sus objetivos, ya sea en Venezuela, Irán, Cuba, Dinamarca o Colombia.
Así, por la vía de la presión de la primera potencia del mundo sobre un aliado de la OTAN al que amenazaba con anexionarse un territorio propio, como Groenlandia, Trump logró expandir la presencia militar estadounidense en el Ártico, si bien no logró la soberanía de la isla, que es lo que ansiaba.
“Vamos a hacer algo con Groenlandia, les guste o no”, vino diciendo en el pasado Trump, hablando incluso de “poseer” la isla danesa con la excusa de protegerla de la ocupación china o rusa. “Si no lo hacemos, Rusia o China se apoderarán de Groenlandia y no vamos a tener a Rusia ni a China como vecinos. Me gustaría llegar a un acuerdo, ya sabe, por las buenas; pero si no lo hacemos por las buenas, lo haremos por las malas”.
Y el acuerdo, firmado en Naciones Unidas con Dinamarca y Groenlandia, ratifica la integridad danesa y el derecho de autodeterminación de Groenlandia. Pero concede mucho poder militar a EE.UU. en la región, con capacidad para abrir nuevas bases y poder vetar que otros países lo hagan.
Según dijo Trump, el acuerdo concede a “Estados Unidos el control permanente sobre la seguridad y todas las demás necesidades en Groenlandia, abordando por completo todas nuestras numerosas inquietudes, garantizar que EE.UU. tenga para siempre la capacidad total de hacer lo necesario en Groenlandia para asegurar y defender la seguridad tanto de Groenlandia como de EE.UU.”.
El presidente brasileño, Lula da Silva, que tiene elecciones presidenciales en octubre frente a Flavio Bolsonaro, apoyado por Trump y toda su Administración, dio la voz de alarma en el mismo escenario en el que Trump exhibió su ardor guerrero: “La guerra es el colapso total de la política, liderar es conciliar los intereses de la nación con los de la humanidad”, dijo Lula: “En el contexto de renovadas tentaciones hegemónicas, Brasil no encaja en el 'patio trasero'. Los países de la región han vivido los horrores de regímenes autoritarios y hemos recorrido un largo camino para restaurar la voluntad popular, pero la democracia se encuentra nuevamente bajo amenaza”.
“Somos testigos de una creciente interferencia en los procesos internos”, denunció Lula aludiendo a las injerencias de la Administración Trump: “Dividir el mundo en zonas de influencia y realizar incursiones neocoloniales en busca de recursos estratégicos son gestos anacrónicos. El pueblo venezolano merece definir su propio destino. Nicaragua no resolverá su crisis impidiendo que la oposición participe en las elecciones. La crisis en Haití sigue poniendo a prueba los límites de la indiferencia de la comunidad internacional. En cuanto a Cuba, el mundo observa con horror cómo se impone un castigo colectivo a diez millones de personas mediante un embargo económico y energético ilegal. No delegaremos a terceros la responsabilidad de defender nuestras fronteras y garantizar a nuestra población el derecho a vivir sin miedo. No necesitamos portaaviones custodiando nuestras aguas; necesitamos cooperación para bloquear el flujo de armas y dinero que alimenta al crimen organizado. Ese es el espíritu de la propuesta que entregué personalmente al presidente de los Estados Unidos”.



