Taty querida, todo se vuelve más gris cuando ya no estás. Hoy nos toca agradecerte. Agradecerte por haber gastado la suela de tus zapatos en las plazas, en las marchas que abrían la historia, en las charlas donde tu voz era un faro, en el grito indomable de cada escrache. Golpeando puertas que parecían blindadas por el olvido viajaste por este país y el mundo. Llevaste con orgullo el pañuelo blanco: ese pedazo de tela que, en tus manos, se transformó en la bandera de una patria entera. Nos enseñaste la lección más difícil y hermosa: a usar la única arma con la que contabas, el cuerpo. Aprendimos que a la realidad se la defiende y se la pelea desde las causas justas, allí donde la dignidad lo reclame. Donde te llamaba el dolor o la esperanza, ibas. Llegaste con tus últimas fuerzas a los 50 años del golpe para dejar guardada en tus retinas una de las plazas más multitudinarias y vivas de la historia.



