Enrico Arduzabalaga habrá sentido el dolor de la derrota, hasta más allá del segundo estertor de la muerte, caído sobre sus codos en la cabina de transmisión, de lo que él llamaba el espectáculo deportivo por excelencia, frase célebre que no alcanzó a pronunciar antes del inicio del juego por la interrupción temprana de la transmisión que él tanto había esperado, y no por la ansiedad habitual que sentía ante esos eventos, sino por la inquietud inédita de exponer a prueba su sistema único de predicciones, pensado en principio para aleccionar a sus colegas comentaristas, a quienes les había perseguido el rastro del fracaso de poder anticipar el destino de una jugada.



