Como herencia de la Segunda Guerra Mundial, pero también de las violencias que marcaron la dura primera mitad del siglo XX (si es que hubo una mitad buena), Jean-Paul Sartre pensó uno de los conceptos que, hasta el día de hoy, nos sirven para poder reflexionar acerca de la dependencia de un sujeto a lo dictaminado por el entorno, por la sociedad, por los demás, en oposición a hacerse cargo de su propia responsabilidad en lo que sucede, en el transcurrir mismo de la historia, de su historia. La “mala fe” es justamente eso: una suerte de autoengaño. No dista mucho de otro concepto de la filosofía política que nos permitió pensar el mundo después del nazismo: Hanna Arendt acuñó, justamente, la noción de “la banalidad del mal” para pensar la “mala fe” de Adolf Eichmann, uno de los principales responsables de la llamada “solución final” de la cuestión judía. Eichmann se reconoció como parte de un sistema jerárquico en donde no formaba parte de su voluntad la toma de alguna decisión dentro del esquema de exterminio: él sólo cumplía órdenes. Cada masacre genera una brumosa sensación de convencimiento por parte de los perpetradores, como si fuese duro mirar cara a cara los hechos: mienten porque les conviene, pero mienten también porque no asumen la verdad de lo que hicieron. En ese marco general de reflexión habría que pensar a la cuarta novela de David Viñas, Los dueños de la tierra, publicada por primera vez en 1958 y hoy reeditada en la Colección Popular de Fondo de Cultura Económica con prólogo de Tomás Trapé, la cual nos presenta al personaje del juez Vicente Vera, quien es enviado en 1920 por Hipólito Yrigoyen a mediar en el conflicto entre terratenientes y trabajadores rurales en el sur del país, que no es otra cosa que la puesta en ficción de la masacre conocida con el nombre de la “Patagonia Trágica”, hecho que dejaría como saldo cientos de peones fusilados y dejaría en claro la huella de los poderes económicos reales en la organización política de nuestro país. Huellas que se perciben en la década del 20, o a los pocos años del golpe de Estado de 1955 que derrocaría a Perón, o en nuestro mismo presente.



