Ternura, imaginación, maravilla, lirismo, ensueño. Son las palabras que describen de qué están hechos los relatos de Ray Bradbury, y son términos que rara vez definen a una literatura, y menos hoy, con toda la desesperanza, crueldad y cinismo de la narrativa actual. La editorial Páginas de Espuma acaba de publicar los Cuentos de Bradbury, una antología enorme -la más extensa en castellano- y además de reparar la relativa ausencia del gran fabulista estadounidense en librerías, invita a la posibilidad de leer cuentos sobre cuestiones desesperantes y urgentes comprometidos con la compasión tanto hacia sus personajes como hacia los lectores. Como todo buen pesimista, Ray Bradbury sabía que la humanidad era capaz de destruirse y de, eventualmente, destruir a los Otros, pero esa capacidad de ruina le daba mucha pena, porque implicaba la desaparición de todo lo bueno y todo lo hermoso, que para Bradbury era mucho. Sus cuentos son ante todo éticos: se preguntan y reflexionan sobre qué está bien y qué está mal, analizan críticamente decisiones extremas. En el lenguaje poético o en la franqueza de un relato pulp, su estilo siempre es reconocible, lírico y dinámico al mismo tiempo, con personajes frágiles y con frecuencia solitarios. Era un poeta, decía Aldous Huxley, y también era un trabajador: cuando dejó el colegio pasó años leyendo en bibliotecas y escribiendo un cuento por semana en las máquinas de escribir de las salas de lectura. Murió a los 91 años en 2012, respetado por sus pares, amado por sus lectores, con una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, un asteroide con su nombre, todos los premios posibles dentro de los géneros de sci-fi y fantasía, y ninguno de los galardones literarios legitimadores, salvo alguna mención tardía a la trayectoria y los Honoris Causa de rigor.


