Como diría Giuliano da Empoli, si escuchas una explosión hay un “Ingeniero del Caos” (título de su conocido libro) con una caja de fósforos en el área. Desde 1832 (Doctrina Monroe) los Estados Unidos exhiben y usan cajas de cerillos destinadas a Latinoamérica. En Sillicon Valley, California, se producen fósforos de todo tipo, destinados a hacer cenizas los sistemas educativos como el argentino (Estado presente, sistema escolar y universidades públicas) y asegurar el poder de las empresas productoras de tecnología aplicada a la educación. Fiel a los deseos del Imperio, la publicidad informa con dudosas estadísticas el fracaso de la escuela pública, la inutilidad de la inversión en la formación de profesionales y científicos latinoamericanos, y aconsejan no invertir en ellos. A continuación, los países ricos los importan e incorporan a sus equipos de investigación. Los ricos anuncian también nuestro supuesto atraso, “irrecuperable” en la acelerada carrera tecnológica, así como la antigüedad de nuestro “capital cultural” (dirían ellos): la “tradición cultural” a la que varias cajas de cerillos deberían destruir. Para anarco-tecno-neoliberales, como Agustín Laje, el ideólogo de Javier Milei, es necesario dar una batalla cultural “destruyendo” la tradición “no solo en sus contenidos concretos, sino en sus funciones generales consistentes en mantener una sólida cohesión de los sistemas sociales de sentido”. Debe subsistir un solo “sistema social de sentido”: el WASP (White Anglo-Saxon Protestant). Con cerillos encendidos el mercado vende ludopatía, desencanto de la vida, violencia, emprendedurismo, pornografía, desinterés y fracaso en el aprendizaje. Pero los celulares son únicamente los artefactos desde los que más se accede a plataformas proveedoras de esos programas, desde empresas como Google, Amazon, Youtube, Tik Tok e Instagram.


