Tras regresar de un año en Nueva York, decidí leer los primeros cuarenta folios de cada libro recibido en los últimos doce meses para elegir cuáles terminaría.

Al volver a Madrid, mi apartamento se llenó de obras acumuladas y, sin querer, me convertí en un lector asiduo de sus inicios. Con la intención de no opinar públicamente sobre la mayoría, me reservé la evaluación personal.

El experimento consistió en hojear los primeros cuarenta capítulos de cada título que llegó a mi casa durante un año; en el primer mes llegué a leer alrededor de cien libros, aunque solo sus comienzos. Con el tiempo, esta práctica se afianzó y hoy me considero un conocedor de los comienzos literarios.