El odio se ha convertido en el motor de la disputa pública, convirtiendo a figuras como Patricia Bullrich en blanco de una crítica feroz y a menudo irracional.
En la actualidad, el resentimiento se ha transformado en una especie de industria que alimenta los debates y las confrontaciones. Cuando grupos sin una base común buscan cohesión, a menudo lo hacen creando un enemigo compartido, lo que intensifica la animosidad entre sus miembros.
Esta dinámica de hostilidad se propaga rápidamente, llegando incluso a comunidades que, en lugar de buscar soluciones, prefieren defender a personajes controvertidos, como el caso mencionado de un líder acusado de graves delitos, cuyo apoyo se mantiene a pesar de las acusaciones.



