Durante unas semanas ocurrió algo extraordinario. Millones de personas volvieron a reunirse frente a una pantalla, las calles recuperaron los colores, aparecieron abrazos entre desconocidos y volvió a sentirse la alegría de pertenecer a un nosotros. El Mundial no resolvió ninguno de los conflictos que atraviesan nuestra sociedad. Pero durante unas semanas restituyó una escena simbólica capaz de organizar el deseo colectivo. Allí donde predominaba el sin-sentido volvió a aparecer un nosotros.


