Hay quienes sostienen que las actuales versiones de la ultraderecha no necesitan escudarse en los buenos propósitos y las promesas de un mundo mejor para llevar adelante su delirante empresa. Nada más alejado de la realidad. Basta tomar nota de que según nuestro presidente en treinta años seremos primera potencia para convenir que el Bien continúa siendo convocado a la hora de justificar injusticias, corrupción y crímenes. En este credo apocalíptico, la religión juega un papel nodal. Imposible no relacionar el llanto de Milei en el Muro de los Lamentos con los bombardeos que Donald Trump ordena con su Biblia bajo el brazo.



