A veces, las palabras no alcanzan para poder explicar algo. Hay palabras que encierran ideas cuyo significado no conocemos bien, pero podemos entender lo que generan. Por ejemplo: nadie puede dar una definición certera de “amor”, pero todos sabemos cómo se siente –o creemos saberlo–. Lo mismo ocurre con la palabra “arte”, tan discutida y redefinida a lo largo de la historia de la humanidad. Una palabra escurridiza que se ha transformado en un campo de posibilidades infinitas y todo, absolutamente todo, puede entrar en ella. “Arte” es, sobre todo, una palabra generosa; es la fiesta a la que cualquiera puede entrar, siempre que quiera. Además, “arte” es la palabra favorita de Diana Aisenberg, una artista que ha metido ahí adentro pinturas, purpurina, bijouterie, manteles y servilletas de tela, vírgenes, vacas, gallinas, talleres y clínicas de obra. Ha metido libros, sillones, jarrones, pingüinos para servir vino y kioscos de artistas. Como si hiciera falta, Diana Aisenberg ahora metió también rollos de empapelar paredes.


