El museo abre sus puertas y una serie de pinturas de neto corte impresionista hace las veces de fondo de los títulos de apertura. De pronto, el ambiente se llena de visitantes. Algunos escuchan concentrados datos duros y descripciones históricas en una grabación de audio; otros, los más jóvenes, se sacan selfies delante de alguna pieza famosa. Una modelo posa frente a un mural de Claude Monet y, segundos después, se queja de que los colores de la obra no combinan con el vestido. Ante la reticencia de la encargada del vestuario de alterar la vestimenta, llega la inesperada y algo ofensiva pregunta. ¿Acaso no se podrán cambiar en posproducción los tonos de la pintura para resolver el problema? El comienzo, irónico, de Los colores del tiempo, el nuevo largometraje del realizador francés Cédric Klapisch –que llega a las salas de cine el jueves 25– tiene bastante que ver con algunas líneas centrales de su relato, que juega a dos puntas temporales: un presente ubicado en 2025 y un pasado que transcurre en 1895, cuando la fotografía se abría paso frente a la pintura y el incipiente arte cinematográfico daba sus primeros balbuceos.


