Taty Almeida no dejó nada librado al azar. No quería pensar en la muerte, pero sabía cómo quería que la recordaran: en un sindicato –rodeada de los trabajadores–, con una bella foto, con música y con el pañuelo –que llevaba en su cabeza con el nombre Alejandro, su hijo desaparecido–. No está claro si también pidió que compartieran anécdotas, pero fue una forma inevitable de conjurar el dolor por la partida de la presidenta de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora: no solo una referente del movimiento de derechos humanos sino una convencida militante de la vida. “Las personas que han hecho de su vida una vocación por el otro van a estar siempre. No hay que olvidar”, la despidió su compañera y amiga Estela de Carlotto, presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo.