Viktor Shklovsky ya alertaba en 1917 que la automatización de la lectura, más que la escritura, podría destruir el placer estético al convertir la lectura en una acción mecánica.
En su ensayo “El arte como artificio”, el crítico soviético sostenía que cuando el lector deja de ser consciente del proceso de lectura, la experiencia se vuelve rutinaria y pierde la capacidad de asombro. Según Shklovsky, esa pérdida de atención no solo afecta a la literatura, sino que se extiende a cualquier actividad cotidiana, generando una sensación de indiferencia ante lo que ocurre.
El autor proponía que una de las funciones esenciales del arte es rescatar esa percepción aguda, rompiendo la monotonía y reactivando la sensibilidad estética del individuo, algo que hoy resulta especialmente relevante ante el auge de las novelas generadas por inteligencia artificial.



