En la era de la boludez, cualquier gesto digno se vuelve más nítido. Si es político resulta notable. Y si lo hacen dos tipos que no integran la casta ni son funcionarios, resulta edificante. Había que estar de pie en esa tarima frente a un criminal de guerra, a la espera de que entregara las medallas de plata y a tiro de cualquier cámara. Con la bronca contenida por una derrota todavía fresca y a minutos de la ilusoria tabla de salvación de los penales.


