Hay un momento del día que cae sobre los seres y las cosas. Desde mi casa, ese momento se desparrama sobre los techos de las pocas terrazas bajas que quedan sitiadas entre los edificios. Abajo del viaducto, cae sobre los trenes de carga que dibujan líneas paralelas de regreso a ninguna parte. En lo que dura la curva que conecta una parte con la otra de la ciudad, mi mirada se adhiere a las paredes del paisaje. Se detiene en la velocidad del movimiento.
