En el primer cuento de La primera vez que escuché reggae, de Sergio Bizzio, un hombre queda empapado en gasoil en un barco y descubre que, cada vez que acelera, el viento lo prende fuego. La escena podría pertenecer a una comedia física, a un dibujo animado cruel o a una pesadilla, pero Bizzio la narra como si se tratara de un problema técnico: punto muerto, escalerilla, soga, velocidad mínima, resistencia del agua, distancia hasta la costa. Ahí, en ese desajuste entre la violencia de lo imposible y la serenidad de la prosa, está una de las claves del libro. Lo extraordinario no irrumpe para suspender la realidad sino para obligarla a reorganizarse.