Lionel Messi permanecía inmóvil. Descalzo, sentado en el césped del campo de juego en Nueva Jersey. Sentado como los chicos: piernas flexionadas, pies juntos, cabeza gacha. Mientras un estadio colmado de gente lo observaba en silencio, su imagen parecía vacía. Habían transcurrido muy pocos minutos del desmoronamiento: la Selección Argentina recién empezaba a asimilar la derrota contra España en la final del Mundial 2026.