El 10 de junio de 1956, domingo entonces, Pedro Eugenio Aramburu se levantó de su larga siesta y dijo por cadena nacional que la libertad “había ganado la partida”. Que todo se había tratado de un plan terrorista “de corte comunista”, preparado en el extranjero. No era el único disparate. Se decía en los medios contreras que esos terroristas iban a atacar iglesias y a fusilar monjes y sacerdotes. Que pensaban incendiar fábricas y barrios obreros. Que los rebeldes iban por las vidas de Arturo Frondizi, Américo Ghioldi y Alfredo Palacios, el dirigente socialista que había sido premiado por la autodenominada revolución libertadora con un puesto como embajador del Uruguay. El mismo Ghioldi -otro socialista- días después publicaría un artículo en el que, bajo el shakespereano título de “Se acabó la leche de la clemencia”, sentenció: “Parece que en materia política, los argentinos necesitan aprender que la letra con sangre entra”. Por supuesto, adscribían a sus palabras la Sociedad Rural, los radicales, los conservadores, la Bolsa de Comercio, la mayoría de los intelectuales y la FUBA, como en los cercanos tiempos de la Unión Democrática.