Cuando pienso en El hombre elefante lo primero que vuelve a mi cabeza es un VHS pirateado. Una copia de una copia que alguien llevó a un ensayo y que, como tantas otras, empezó a circular de mano en mano entre quienes hacíamos teatro en Rafaela a fines de los años ochenta. Vivíamos en una ciudad donde el cine llegaba con demora y casi siempre reducido a los estrenos comerciales. Si queríamos encontrar otra cosa, había que salir a buscarla.