Los ataques de Estados Unidos contra la República Islámica y las respuestas de Teherán contra las bases militares del Pentágono, ubicadas en distintas monarquías de la península arábiga, ponen en evidencia uno de los problemas centrales del nuevo orden global, que comenzó a transformarse de manera precipitada con la guerra en Ucrania. En 2022, la Federación Rusa asumió la responsabilidad de desafiar, en el plano militar, el orden unilateral conducido por Estados Unidos. Cuando Washington advirtió que esa batalla estaba perdida, la abandonó y debilitó a la OTAN. La República Popular China había hecho lo propio en el terreno económico, al rechazar las presiones comerciales de Washington y proponer formas de autonomía financiera y tecnológica parcialmente desconectadas de los centros hegemónicos, empeñados en recuperar una colonialidad ya languideciente.


