La pesada silla de madera pintada de verde, asiento con respaldo en la cabecera de una mesa de familia obrera, durante los atardeceres se convertía en isla. Su único habitante pensaba que la vida era un mar sin orillas en donde todos, en algún momento, cansados de nadar sin sentido, necesitábamos del cobijo de un monte lunar, una piedra con forma de oído o unos ojos de húmedos soles en donde poder vomitar tanta agua salada tragada en el intento.