Tengo 14 años. Mis tías me invitan al teatro a ver a “una actriz muy buena que vive en Francia, pero ahora está en Argentina”. Parece una cita importante. Acepto porque, además, nunca fui al teatro San Martín. Mi tía Marité camina sin bastón y mi tía Nuchi, la que tuvo la idea, todavía ve sin ninguna dificultad. Mi identidad indefinida fluctúa entre punk y rolinga, alternadamente. En mi casa ser ruidosa y desordenada está mal. Vivo incómoda e inhibida. Las clases de teatro me gustan, me ayudan a sortear la timidez que sobrevino con la pubertad. Entramos al teatro. El pasillo es larguísimo y, al fondo, apenas iluminada sobre el escenario hay una piedra gris gigante. Empieza la obra y de adentro del montículo enorme asoma una mujer. Se la ve solo de la cintura para arriba, ella actúa y me deslumbra. Mueve las manos, los ojos y la boca rápida y meticulosamente. También la lengua, me alucina. Las palabras suenan como música. Su pelo parece una peluquita, llena de espray como el que usa mi abuela. El vestuario blanco y el maquillaje claro destellan, tiene como un halo. La inmovilidad de la puesta contrasta con la gracia que ella despliega. Es Marilú Marini, pero yo no sé quién es Samuel Beckett ni que se trata de Los días felices. Esto es puro impacto y fascinación.



