La escena transcurre en un silencio que la vuelve surreal, en pleno centro de la ciudad vacía. El hombre avanza con su carro por el asfalto y se detiene en una esquina, le llegan por el aire gritos lejanos de alivio o de entusiasmo, fragmentos de relatos de los balcones, retazos de un partido que ocurre muy lejos y muy cerca. Todavía está apoyado en su carro cuando se saca la gorra para secarse la transpiración y tratar de escuchar cómo viene la cosa. Es entonces que le llega ese sonido hermoso del gol como gigantesco desahogo colectivo, el ruidoso festejo que aquí y allá todos y todas tiran para afuera. Y que parece inundarlo porque él ahora está llorando, ha pasado a secarse las lágrimas con esas manos grandes y callosas, y ahora está también riendo y ahora mira al cielo como agradeciendo, así como hacen los jugadores en ese campo de juego que está tan lejos y tan cerca.