Recuerdos de un payaso

Alberto Olmedo es parte indiscutida de la cultura popular argentina, con sus virtudes y defectos. Una obra teatral ahora rescata al actor que murió trágicamente, espejando las contradicciones de la identidad, las convergencias y divergencias de nuestra sociedad.

Aunque fue en la llamada Década Ganada, cuando la palabra grieta se tornó de uso frecuente y con una circulación inédita hasta entonces, la fractura entre los argentinos es muy anterior. Se remonta a los tiempos de la primera colonia y la Revolución de Mayo. Y aún más atrás en la Historia. ¿O acaso no fueron los conquistadores, esos “adelantados”, los que vinieron a inaugurar la polarización imponiéndose por la fuerza a los pueblos originario y desconociendo su cultura?

Ese abismo de gran magnitud es lo que se conoce como clasismo, brecha de género, racismo. Una fisura que se manifiesta tanto en la vida material como simbólica. En uno de los márgenes de esa antinomia se va construyendo la cultura popular, que surge de abajo hacia arriba; en el otro la Alta Cultura, proveniente de la fascinación de las elites criollas por las producciones del hemisferio Norte. La realidad, de todos modos, es inaprensible desde un pensamiento maniqueo y sobrepasa cualquier esquema rígido. La cultura es mestiza, impura, nunca es homogénea.

El binarismo es moneda corriente en una sociedad más inclinada a percibir las cosas en blanco y negro que a intentar desentrañar la complejidad. Nos vestimos con camisetas de colores absolutos. Desde las estéticas dogmáticas y fragmentadas, parece difícil encontrar una síntesis superadora, que admita la posibilidad de albergar las diferencias sin conflicto.

La cultura de masas es la que podría definirse “por la potencia para lograr una línea que atraviesa a todos los sectores”, dice Martín Kohan y toma la reconversión de la cumbia, un tipo de música, que “siempre fue propio de los sectores populares y hoy es escuchada y bailada por todos”.

En el área de la actuación, tuvo que pasar bastante tiempo para que, por caso, un actor como Alberto Olmedo fuera valorado por los importadores del buen gusto. Es cierto que muchos de sus sketches tenían una fuerte impronta sexista, con las mujeres convertidas en objeto. Si se los emitiera la televisión de hoy, probablemente serían cancelados. Pero en su tiempo, esa clase de machismo con bebotas/rubias taradas estaba naturalizado. Ahora resultaría insostenible, porque muchas y muchos hemos sido reeducados en el feminismo y ya no nos reiríamos de la cosificación. Es que nuestras emociones también son históricas.

En los setenta, el sujeto pueblo consumía sin pudor los programas del Negro, que llegó a convertirse en un mito por su muerte temprana, en la cima de su carrera. Como ocurría con las telenovelas de Alberto Migré o las canciones de Sandro, se decía que esas “mersadas” les gustaban a “los obreros y las sirvientitas”, mientras los intelectuales las despreciaban. Pero buena parte del medio pelo avergonzado también formaba parte del público, claro que a escondidas, hasta que llegó la ola de reivindicar lo vintage.

En ese juego de construcción de las identidades y diferencias surge ahora la obra teatral Yo, Olmedo, que nos devuelve una mirada renovada sobre el creador de capitán Piluso, el dictador de Costa Pobre y Chiquito Reyes, esos personajes con los que tejió su cercanía con la audiencia mediante la improvisación, la ternura y el absurdo.

Un hombre (encarnado por Manuel Longueira) es detenido por la policía por pintar un grafiti en la vía pública. Intentan convencerlo de que no es el capocómico y la Justicia le impone un tratamiento terapéutico con la doctora Jouvet (Jessica Schultz), que intentará mostrarle su error. En la sesión aparecen los ecos de esa época del espectáculo criollo en la que Olmedo se destacó por un humor que mostraba el detrás de escena, las costuras e hilvanes de la televisión.

La obra sobre el ídolo popular fue escrita por Florencia Aroldi y la dirige Antonio Célico (el mismo equipo de la brillante Prestame tu sueño), en El Portón de Sánchez. El público sale del teatro emocionado, revisando si somos quienes queremos ser. “La composición de Manolo es enorme, su parecido físico y su humor inspiraron mi escritura y estuve siempre en los ensayos, en la búsqueda de una meta teatralidad, que fue lo que inventó Olmedo”, cuenta la dramaturga. “Sentía algo pendiente, por mi amor hacia él y porque es parte de nuestra idiosincrasia, de nuestra argentinidad. Como dice la frase: escribo para vengar su muerte. El teatro nos da la posibilidad de traer a los que no están, en su caso, a quien jugaba con el juego, corriendo la línea de la ficción y lo real. Su humor le permitió sobrevivir cuando llegó desde Pichincha, un pueblo muy pobre. Fue muy generoso dándoles aire en la pantalla a actores que no eran primeras figuras y muy agradecido por tener el plato de comida en la mesa. Siempre me pregunté si su trágica muerte fue el destino o un accidente”.

“Como el personaje que interpreto cree ser Olmedo y lo copia en todo, tuvimos que investigar meticulosamente sus ritmos, sus maneras, sus formas”, cuenta Longueira. “Su gran aporte fue romper con la ficción, incorporar a los cameraman, exponer el artificio, proponer cosas todo el tiempo como si no alcanzara el texto. Fueron recursos que después se recuperaron en Todo por dos pesos y Chachachá, especialmente con Capusotto”.

“Se lo asocia mucho a la revista y a lo soez, aunque nunca hubo una mala palabra en su repertorio. Sus primeros éxitos fueron trabajos para chicos, convocaba a las cinco de la tarde a tomar la leche, era muy amplio. En cambio, en el teatro, estaba más encorsetado en un libreto y tenia menos permisos. Ahí no era tan efectivo, fue lo que menos me atrajo. Entonces, no tuvo los cuestionamientos que podría tener hoy. Si vamos a la cumbia, el perreo, el reguetón, otras expresiones populares, son mucho más sexistas. Por otro lado, me recuerda a Maradona por su origen social. La madre de Olmedo lo tuvo muy joven, el padre estuvo ausente, casi se crió en la calle y llegó adonde llegó a puro talento, lo cual es admirable. Son muy pocos los tocados por la varita, aunque su muerte fue la paradoja del payaso, entre el humor y la tragedia, cerrando un círculo entre vicioso y virtuoso en función del mito”.

LH/MF