
Predomina la convicción de que el barco libertario comienza a hundirse y que la interna más grave no es la propia, sino la de enfrente. El efecto Janones y la necesidad de un "Frankestein" comunicacional. Bullrich, una pieza clave.
“Se puede ganar”. Esa certeza atravesó al peronismo con más intensidad que cualquier autocrítica libertaria en Casa Rosada. La victoria de Lula da Silva en Brasil y la ola demócrata en Estados Unidos habilitaron un escenario de euforia, de ruptura con el derrotismo que imperaba en las tribus peronistas desde la derrota de Sergio Massa en 2023. Se activaron reuniones: Máximo Kirchner con Axel Kicillof, los estrategas del ejército de Lula con Cristina Fernández de Kirchner y Massa. Comenzaron las conversaciones para una nueva cumbre panperonista, auspiciadas por la convicción de que el barco libertario comienza a hundirse y que la interna más grave no es la propia, sino la de enfrente. El peronismo mira a Patricia Bullrich, y sonríe.
No era la primera vez que André Janones entraba en contacto con el massismo. El general del ejército de Lula, responsable de la estrategia digital que sentó las bases para la hazaña petista, ya era conocido en el ecosistema peronista. La novedad era la avidez de Massa de aprender de la experiencia lulista lo que había fallado en 2023. Se reunió con Janones en sus oficinas de la calle Libertador. Lo escuchó, a él y a sus colaboradores Chico Kertész y Rafael Marroquim, y tomó nota. Le interesaba menos el WhatsApp de 10 millones de integrantes que su capacidad para penetrar en otras burbujas. De romper el algoritmo.
Massa está convencido de que el ganador de la elección presidencial será quien, en un escenario de polarización, logre torcer el 20% del electorado que no es peronista ni mileísta. El desafío es penetrar en el ecosistema digital del “ningunismo”, que le escapa a Milei pero no quiere votar al peronismo. La elección presidencial será una disputa de “antis” y, si bien el antimileísmo supera al antiperonismo, el rechazo al caos frentetodista continúa siendo un factor inhibitorio. Según el último informe de Zubán Córdoba, el antimileismo supera el 55%, mientras que el antiperonismo está cerca del 40%. El antikirchnerismo, en cambio, llega al 49%.
La conveniente conclusión de Massa es que el peronismo necesita un candidato de centro que pueda juntar los votos de los indecisos. El tigrense se agarra de las encuestas que le llegan todos los días y le dicen que Axel Kicillof tiene mejor imagen positiva que él, pero menos voto neutro: el gobernador bonaerense polariza y tiene un techo, él (Massa), en cambio, tiene una pecera a dónde ir a buscar los votos. Un diagnóstico funcional a sus intereses políticos que, sin embargo, comparten Juan Manuel Olmos, Victoria Tolosa Paz y el peronismo federal ex albertista que apuesta a una construcción mercado friendly. Es lo que piensan, a su vez, los gobernadores peronistas.
Kicillof no se reunió con Janones, pero tiene su propio equipo de comunicación, a cargo de Ignacio Ramírez –el creador, junto a “Carli” Bianco, de la campaña del Clío en 2019–, y varios equipos técnicos con los que ya comenzó a trabajar en un programa de gobierno de cara al 2027. El gobernador lo niega en público, pero hace casi un año que comenzó a trabajar en su propuesta de campaña.
El gobernador siguió, con entusiasmo, el resultado electoral de Estados Unidos a la distancia. En su equipo de campaña hablan de construir un “Frankenstein” comunicacional que incluya un poco del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, otro poco de Lula da Silva y otro poco de los candidatos demócratas que ganaron en estados republicanos, como Texas (James Talarico). La clave para vencer a Donald Trump, insisten, fue el discurso sobre el costo de vida.
“Nitidez, polarización y un mensaje claro. Eso es lo que tenemos que tener ya. Porque la foto del peronismo desde Alberto es que no tenemos ni una organización abroquelada ni cohesión en el mensaje”, explica un funcionario kicillofista. La unidad como condición necesaria, la unidad como condición imposible.
Hubo gestos, señales de acercamiento motorizadas por la expectativa de triunfo. El miércoles, Kicillof y Máximo Kirchner se reunieron en La Plata para allanar el camino a la cumbre del PJ bonaerense, que se reuniría al día siguiente. Estaban presentes también Facundo Tignanelli y Federico Otermín, por La Cámpora, y Verónica Magario y Mariano Cascallares, por el kicillofismo. Dos días antes, Tignanelli había cruzado a Kicillof en público por una tapa de Clarín que decía que el gobernador no aceptaría “un candidato a dedo” de Cristina. Ninguno hizo mención al episodio en la reunión: la primera en más de un año de la mesa chica kicillofista con la camporista que fue calificada unánimemente como positiva.
“Cristina ejerce una influencia positiva. Ella cree que se puede ganar, Axel no es su candidato pero cree que ellos pueden ganar. Y nosotros también creemos que podemos ganar. Eso alienta a garantizar el juego”, reflexiona un dirigente del círculo chico de Kicillof, que observó la entrevista a Cristina en el Washington Post como parte de las reglas de juego. “Ella necesita ponerle un precio alto a la proscripción y ganar centralidad para suplir que no puede ser ella la candidata”, asegura, con la tranquilidad de quien sabe que CFK puede hacer daño a la candidatura de Kicillof pero que, al no tener un candidato propio, se queda sin herramientas.
Las discusiones de fondo continúan –la re-reelección de los intendentes está generando fuertes tensiones entre los intendentes con el massismo–, pero con una novedad: la convicción de que están peor del otro lado. “El barco se hunde y las ratas huyen”, ironiza un peso pesado del Norte peronista, para quien la derrota de Trump es el principio del fin de Milei.
Las internas en La Libertad Avanza son cada vez más fuertes. Mientras el Gobierno ensayaba distintas teorías sobre la derrota republicana en Estados Unidos –el voto joven, las promesas incumplidas, los malos candidatos, la guerra en Irán–, Patricia Bullrich lo decía con claridad. “El problema es el costo de vida y el maltrato de Trump a todos los que lo rodean”, les dijo a sus colaboradores. Y aclaró: el mismo problema lo tiene Milei en Argentina.
Las quejas de la senadora libertaria son cada vez más vociferantes. En el Senado se la escucha despotricar con fiereza contra Karina Milei, los Menem, Federico Sturzenegger y la negativa del Presidente a corregir el rumbo económico. Cuando el Gobierno le pidió introducir cambios en el dictamen de discapacidad, que había salido con acuerdo de los aliados en Diputados, Bullrich se negó y negoció por su cuenta. La senadora está cada vez más convencida de que Milei no reelegirá el año próximo y analiza sus pasos por seguir. Amaga con la ruptura, se saca fotos con sus legisladores y le envía mensajes a Karina de que no le responde. Y espera.
La secretaria general de la Presidencia, mientras tanto, pierde la paciencia. Intentó ensayar una intervención del bloque libertario para reemplazarla a Bullrich por Nadia Márquez, pero fracasó. “Si quieren ponerla a Nadia, pongala. Pero no vuelven a aprobar una ley en su puta vida”, los amenazó la excandidata presidencial.
El peronismo se regocija.
MCM



