
El desencanto, en los Estados Unidos, produce enojo; aquí, en cambio, la insatisfacción provoca desazón. Las elecciones de medio término, ¿son el principio del fin o el final del principio?
Los argentinos tenemos la inclinación a extraer conclusiones generales de los acontecimientos que dominan la actualidad internacional y a proyectarlas, casi sin pausa, sobre nuestra propia realidad política; todo en todas partes al mismo tiempo.
Así, las alusiones al «tsunami azul», esto es, a una victoria demócrata sobre los republicanos, suscitan entre los satisfechos severas admoniciones contra el oficialismo vernáculo y, entre los decepcionados, interpretaciones sesgadas. Otra misa criolla adicional, es la devoción por las victorias y la hostilidad frente a las derrotas. Los nativos adversos al relámpago naranja esgrimen el dedo acusador señalando al oficialismo local; los conmilitones de la deriva trumpista repiten que aún conserva margen para ayudar a la Argentina —aunque con un límite de fondos—, en despecho de las mayorías legislativas. Estamos sobrados de padres del éxito y ausentes del pesimismo de Pasolini, que adoraba la luz sólo si carecía de esperanza. El error consiste en creer que los resultados del primer martes de noviembre en los Estados Unidos contienen enseñanzas inmediatamente transferibles a nuestra experiencia. En realidad, muy pocas de las cosas allí ocurridas nos son verdaderamente pertinentes; y las pocas que podrían serlo sólo resultarían útiles si estuviéramos dispuestos a examinarlas con racionalidad, un artículo que no cotiza en góndolas.
¿De qué nos sirve haber comprobado que los aranceles funcionan como un impuesto regresivo al consumo de quien los aplica, que un Congreso opositor en Estados Unidos tiene una capacidad de investigación motivada y aguda, que el poder de veto queda acotado cuando los tribunales son independientes, que resulta intrigante imaginar un trumpismo después de Trump, o que el presidente de una potencia militar suele intentar compensar en el exterior lo que ha perdido en el interior? Además, no agrega ni resta mucho saber que Deb Haaland —demócrata por Nuevo México— es la primera gobernadora indígena de la historia de Estados Unidos, porque hasta ahora no hemos tenido en Argentina candidatas a ese cargo que fueran descendientes de pueblos originarios.
Tampoco aporta gran cosa que Gina Hinojosa —demócrata por Texas— sea la primera gobernadora latina de ese estado, porque entre nosotros el término «latino» no designa a una minoría étnica específica. Ni que Abdul El-Sayed —demócrata por Michigan— sea el primer musulmán elegido senador de Estados Unidos, porque no asociamos esa confesión religiosa con el «terrorismo», y con frecuencia confundimos los adjetivos «musulmán», «islamista» y «otomano», del mismo modo que a veces llamamos «turcos» a los árabes. Son índoles.
Hay singularidades estadounidenses que deben ser consideradas. Desde 1776, año de su independencia, el país ha pasado 225 de sus 249 años de existencia involucrado en guerras o conflictos militares de relevancia. De las 45 personas que ocuparon la presidencia, apenas siete completaron su mandato sin iniciar ni participar en una guerra importante. Jimmy Carter es el único presidente de la Guerra Fría cuyo gobierno no promovió una guerra ni una intervención militar de gran escala. Esa trayectoria histórica puede haber contribuido —entre otros factores históricos, económicos, raciales y políticos— a la formación de imaginarios sociales que identifican determinadas procedencias nacionales, étnicas o culturales con potenciales amenazas.
Por otra parte, para un sector significativo de la cultura política estadounidense, la gasolina barata no constituye simplemente una mercancía, sino un derecho implícito asociado al denominado American way of life; esta concepción ayuda a comprender la propia definición de los intereses estratégicos del país. La lógica de los compromisos permanentes también se manifiesta en la relación con Israel: Joe Biden afirmó que «nuestra amistad con Israel es irrompible». Será maciza, pero no es barata: según el Servicio de Investigación del Congreso de los Estados Unidos (Congressional Research Service, CRS), Israel es el mayor receptor acumulado de ayuda exterior estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial, habiendo obtenido alrededor de 158.000 millones de dólares hasta 2023 y 174.000 millones hasta 2025.
El periodista Gabriel Fernández sostiene que la transferencia progresiva de recursos desde áreas productivas y sociales hacia los sectores financiero, tecnológico y militar constituye uno de los rasgos centrales del capitalismo contemporáneo. Esa dinámica ha convertido a los estados occidentales más trascendentes en económicamente esmirriados, políticamente desguazadores y culturalmente represores; es una interpretación que señala tensiones recientes y presentes en muchas sociedades desarrolladas. Se trata de complejidades que conviene situar en perspectiva histórica, para comprender los procesos que las hicieron posibles, y las razones por las cuales conservan vigencia y marcan diferencias.
Las conclusiones posteriores a la derrota del Partido Republicano no son diferentes de las advertencias anteriores. El voto triunfante expresa el rechazo a la diplomacia de las preferencias subjetivas, y a las políticas de Estado definidas alrededor de un taburete. En momentos así, no es apreciado desindustrializar regiones que impulsan el empleo, ni pagar el pato por errores cometidos por otros. No están bien aspectados los más presumidos, los desdeñosos, los crueles, los caprichosos, los testarudos, y los que desconfían de los expertos —de las instituciones científicas o de los consensos consolidados—. El mandatario anaranjado reaccionó rápidamente, y aseguró que trabajaría con los demócratas; sin embargo, después publicó en sus redes sociales una imagen de una gorra roja con la palabra «veto». Dijo a la gente que había problemas de corto plazo pero que era para obtener beneficios a largo plazo, que había hecho lo correcto desde el punto de vista histórico («pero eso nos dejó una noche que no fue muy agradable»), y que la periodista de Fox News Jessica Tarlov era «tonta como una piedra». La cabra siempre tira al monte; un cambio de clima político es confortable a veces, pero es poca cosa más que un simple cambio de clima. Para no equivocarnos, no hay que sostener convicciones sobre la base de episodios ajenos.
Si fuésemos racionales y centrados y de algo sirviera lo sucedido, se diría que están a la vista la defección de lo esotérico, lo irracional y lo extravagante, y el retorno de los hijos pródigos. Tras el fusilamiento del duque de Enghien, comentó Joseph Fouché, por entonces senador (1804): «fue peor que un crimen: fue un error». Nosotros, argentinos, tenemos una tendencia abrumadora a cometer errores peores que crímenes: en nuestro país, una elección de medio término suele producir dos certezas igualmente prematuras: que el vencedor ha sido consagrado por la historia y que el derrotado ha sido incomprendido por ella. La historia, naturalmente, no es consultada.
El desencanto, en los Estados Unidos, produce enojo; aquí, en cambio, la insatisfacción provoca desazón. Las elecciones de medio término, ¿son el principio del fin o el final del principio? Como tantas otras cosas, dependerá de nosotros. Por ahora, nos recuerda algo que ya sabemos: triunfar en un comicio no es sinónimo de gobernar. Ni aquí, ni en ninguna parte. Pero, para una elección en el extranjero, debiera ser bastante.
RF / NB



