Los ingleses han sido afectos desde siempre a las historias de héroes improbables. Aquellos de los que nada se sabía hasta su reconocimiento, y que solo merecían el desprecio y la descalificación. En la legendaria El quinteto de la muerte (1955), era una simpática viejecita recluida en un habitáculo gris de King Cross la encargada de desbaratar un robo a los millonarios caudales del ferrocarril. Aún con sus magros artilugios y su charlatanería insoportable, la viuda Wilberforce (la simpática Katie Johnson) enfrentaba al sinuoso Profesor Marcus (interpretado por un genial Alec Guinness) y a sus disparatados camaradas en el delito hasta el mismísimo desastre. Como era de esperar en aquellas sátiras de los Estudios Ealing, el humor nacía de los contratiempos absurdos de los delincuentes, convertidos en víctimas de esa insistencia en una ley imperial ya desgastada y destinada a prevalecer.