Leopoldo es un adolescente con algunas inquietudes poco frecuentes: no sólo lee revistas de historietas, sino que también se pregunta por el destino de ellas: ¿están tan muertas como creemos? Para saberlo no tiene mejor idea que visitar a un tal Lutz, viejo librero que atiende un sótano por Avenida de Mayo y que, como todo anticuario de historietas, además de hosco y solitario, es un poco visionario, un poco mago, y otro tanto aficionado a las sentencias. En verdad, es todo eso a la vez, acaso como una máscara para esconder su real padecimiento: recordar con extrema claridad las cosas que más duelen de la historia de este país. Y entonces, cuando Leopoldo pregunta por el destino de una historieta perdida de Oesterheld y Breccia que debió haber aparecido en una revista también perdida (se trata de un supuesto episodio inédito de Mort Cinder), Lutz abre los ojos, agudiza la mente, dice que “a los sueños hay que llevarles el apunte”, y facilita el camino para que Leopoldo comience su viaje iniciático hacia el fondo de la historia argentina.