Hay algo perturbador en ver a la Argentina jugar un Mundial. Mientras festejamos los resultados de los campeones del mundo, el Gobierno Nacional les recorta el 98,6% del presupuesto a los clubes de barrio. No es una contradicción menor, ni un dato técnico para especialistas. Es la radiografía de un país que consume sus propias raíces sin darse cuenta, o peor: dándose cuenta y eligiendo no importarle.