“Prendé la radio, poné discos, mirá el paisaje, sentí el drama: podés llamar a todo esto como quieras. Hay muchos nombres a disposición para quien quiera dar nombres al fuego”. En agosto de 1971, Torquato Neto comenzó a escribir esta columna en el diario carioca Última Hora y la bautizó como Geléia geral. Cada entrada era un haz. Intensísimo y divertido, en un tono que jamás condescendía a ningún lado, Neto concentraba todo aquello que discutían los intelectuales y malandros de su época mientras tomaban sol en las Dunas do Barato. Cine en super 8, canciones de Os Novos Baianos, happenings, programas de tele. Si sale en un diario se supone que es periodismo o ensayo o crítica, pero esto era otra cosa: una precipitación visionaria e insufladísima de vida impresa a dos o tres columnas en un tabloide. Poco después, en las postrimerías de su cumpleaños número veintiocho, ese mismo tipo se tumbó sobre las hornallas y dejó salir para siempre la saeta del gas inoloro. La paradoja del vitalista maldito todavía se nos ríe en la cara.


