Era el verano de 1947, y los ciudadanos de Tokio, abrumados por el dolor y la conmoción de haber perdido la guerra, se sentían aún más debilitados y lánguidos a causa del calor bochornoso. La ciudad estaba devastada, y entre las ruinas de los edificios bombardeados habían brotado sórdidas chabolas. Un montón de improvisados establecimientos comerciales rebosaban de coloridas mercancías provenientes del mercado negro, pero la mayoría de la gente seguía viviendo al día.


