Estos días de funerales, de muertes mitológicas e históricas y también de muertes jóvenes, descubrí con retraso un libro de Sergio Chejfec, el escritor argentino que vivió muchos años en Venezuela y dio clases en la Universidad de Nueva York; de hecho, alguien me contó que vio su fantasma en la que fue su oficina cerca de Washington Square: Chejfec murió en 2022. El libro es Baroni: Un viaje, y lo compré porque un amigo venezolano, Lenin, me habló de su protagonista, la artista plástica que hacía perfomances de su propio funeral. No sé por qué imaginé a alguien como Marina Abramovic o Tania Bruguera, una referente del arte contemporáneo formada en museos, pero lo cierto es que Rafaela Baroni era una artista completamente diferente, de raíz popular y trabajo artesanal, que recreaba sus propias muertes en un evento autobiográfico: dos veces se la dio por fallecida, a los once años y a los treinta y tres. Rafaela sufría de esa condición que parece ficción, la catalepsia, un estado neurológico raro en el que una persona queda inmóvil, rígida y con una disminución marcadísima de la respuesta a los estímulos externos. Claro que en la vida moderna de las ciudades actuales esa catalepsia que temían Poe y los poetas románticos del siglo XIX es casi imposible: basta con una inspección médica moderna que detectará los signos vitales aunque sean débiles. Rafaela Baroni, en su vida, no contó con estas facilidades. Nació en 1935 en la región andina del estado Trujillo, en Venezuela. Su padre, agricultor, murió cuando ella era muy chica, y su madre se puso al hombro cinco hijos. Rafaela aprendió a tejer y tallar figuras religiosas pequeñas, que la madre vendía. El episodio que cambió su vida ocurrió cuando a los once fue declarada muerta durante un día entero. Los vecinos y la familia empezaron a llegar al velorio y, cuando ya estaban cantando y desfilando frente a la niña muerta, Rafaela despertó en su mortaja. El pueblo quedó conmocionado y el episodio se conoció como el “milagro de Rafaela”. A ella, ese despertar en el sencillo ataúd en el que iba a ser enterrada, la dejó obsesionada con la muerte y sus rituales. Ya mujer joven, el duelo por la muerte de uno de sus hijos, un matrimonio infeliz y la extrema pobreza la llevaron a una crisis ingobernable. Estuvo meses hospitalizada por una parálisis de origen psicológico y, como le daba miedo lastimar a sus hijos o darles una vida injusta, los dejó con su abuela y se mudó a Boconó. Sin dinero ni un lugar donde quedarse, durmió varios días en el cementerio. Ahí –en el pueblo, no en el cementerio- conoció a Rogelio Albornoz, que sería su pareja, y el hombre que estaba a su lado cuando sufrió el segundo ataque de catalepsia, a los 33. Esta vez no se llegó a velarla, según Rafaela, por un afortunado “enredo burocrático”. La periodista Ariana Briceño Rojas cuenta ese “enredo” en una crónica de 2009: “Rafaela supo de inmediato que se encontraba en la morgue. La sensación de frío que corrió por su cuerpo al ser tirada en la camilla de hierro la enfureció. ‘No respetan a los muertos, me tiran como si fuera un perro’, pensó, mientras al frente de ella uno de los hombres que se encontraba en la sala la vio moverse e interrumpiendo la conversación de sus dos compañeros, se precipitó a decir: ‘¡La señora está viva, traigan a un médico!’. Después de 72 horas de haberla declarado muerta, Rafaela empezó a recobrar el control de su cuerpo. Los brazos y las piernas despertaron al mismo ritmo que su pulso, pero algo no andaba bien: no podía hablar. Fue trasladada al psiquiátrico de Lídice en Caracas y por más de 15 días Rafaela no emitió palabra. El shock tardó mucho en pasar”.



