Veintidós años atrás un joven realizador mexicano llamado Fernando Eimbcke salía a la ancha ruta de los festivales internacionales con su ópera prima, Temporada de patos, película que le valió un lugar de relevancia dentro del círculo de cineastas independientes de su país. A diferencia de otros directores de su generación, como Carlos Reygadas o Amat Escalante, su cine estaba (y lo sigue estando) bien lejos de la explotación de la crueldad como signo cinematográfico. Tampoco podía asimilarse a la misma categoría que su colega Nicolás Pereda, al menos en términos formales y temáticos. Mucho menos a los “amigos de Hollywood” Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu. ¿Qué es lo que hace que sus películas sean algo tan especial? ¿Qué une a Temporada de patos con el resto de su filmografía, integrada por Lake Tahoe, Club Sandwich, Olmo y la reciente Moscas? En principio, una ostensible amabilidad con sus personajes, además de un sentido del humor que nunca se pelea con la posibilidad de la pintura social o incluso la crítica a los esquemas que estratifican a los seres humanos. En el universo de Eimbcke lo cordial y lo simpático no quitan que la luz muchas veces se vea quebrada por un destello de tiniebla.


