Mariana Enriquez y Pablo Larraín dan voz a los fantasmas de la memoria argentina: “Abordamos la política desde lo artístico”

La autora escribió la adaptación de varios de sus cuentos en 'Mis muertos tristes', que se estrenará en Netflix el 24 de septiembre en formato de miniserie y que se vio en San Sebastián en formato cinematográfico.

Hollywood nos dijo que los fantasmas vienen a asustarnos. Normalmente, lo hacen porque tienen cuentas pendientes con el presente, y su presencia en el mundo de los vivos es violenta, vengativa y provoca el caos. Pero, si pensamos en un país como España, como Argentina, o como Chile, en los que las dictaduras dejaron tantos muertos, ¿no sería un territorio lleno de muertos que reclamaran ser oídos? El pasado violento de la historia de Argentina late en Mis muertos tristes, la serie que dirigió Pablo Larraín y que adapta cuatro cuentos de Mariana Enriquez, que participó en la escritura del guion.

Ambos hicieron algo mucho menos obvio y mucho más turbio. Los muertos que aparecen en su serie de cuatro episodios, que está protagonizada por Mercedes Morán, Dolores Fonzi y Alejandra Flechner y que se presentó en su versión cinematográfica en San Sebastián no son los muertos por la dictadura, son más recientes, pero tienen en común la herida violenta de un país donde la violencia nunca cesa. Mires a la década que mires hay una violencia política que deja cadáveres en las cunetas.

Lo hace a través de la historia de una médica retirada a la fuerza (por matar por compasión durante la pandemia) que puede ver y hablar con los muertos. La llegada de su hermana y su sobrina —que comparte su don— desde EE.UU. es la chispa para terminar de encender un barrio humilde marcado por la violencia que asola la ciudad. Una violencia que es también burocrática, ejercida desde hospitales que no atienden y servicios públicos que no funcionan. Aquí los muertos no asustan, y no hay jump scares hollywoodienses. Los muertos solo quieren ser escuchados. Otros, salir del bucle violento que se los obliga a repetir. Otros solo que alguien les preste atención.


Larraín llevaba tiempo queriendo trabajar con la literatura de Mariana Enriquez, y estuvo cerca de hacerlo en el pasado, pero no fue hasta que una de las productoras de su compañía, Fábula, le enseñó antes de que se publicara Un lugar soleado para gente sombría cuando vio realmente la oportunidad hecha realidad. “Me pareció que había una posibilidad de tomar Mis muertos tristes como cuento central y trabajar con otros dos más y traer argumentos y personajes al cuento central”, cuenta Larraín desde San Sebastián. A su lado, Mariana Enriquez añade que se juntaron unas cuantas veces en Buenos Aires, pero que el resto fue online, y que ambos tuvieron claro que la idea era “fusionar relatos para hacer otro nuevo a partir de esos fundamentos y con el eje de Mis muertos tristes”.

Aunque Larraín sea chileno y Enriquez argentina, ambos tienen muchas cosas en común, y muchas de ellas “tienen que ver con un pasado político inmediato, dictatorial”. Sin embargo, una de las cosas que más le interesó es que la mirada de la escritora “con respecto a esas personas, a ese pasado y a esa idea de memoria es más amplia que las últimas tres décadas”. “Es más atemporal, y tiene que ver no solo con cómo nosotros los vivos, recordamos a los muertos o vivimos junto a ellos o habitamos el universo con ellos, sino que aquí se abre una puerta nueva y muy interesante, que es que cambia el punto de vista también hacia el muerto, porque es el muerto quien se manifiesta, es el muerto quien pide ser recordado, que llama la atención que no quiere ser olvidado. El primer acto de memoria tal vez viene de la reclamación de ese muerto a no ser olvidado”, subraya el cineasta.

El fantasma no es un ente que viene de otro lugar, sino una persona que vivió y que vuelve para pedir que se la recuerde, pedir que se le haga justicia

Mariana Enriquez
— Escritora

La escritora asiente y añade que “es que eso es una historia de fantasmas”. “El fantasma es como el que repite todo para que no se olvide de lo que le pasó, de lo que ocurrió”, analiza. Para Enriquez, las afinidades entre ambos van más allá de esa historia parecida o de la cercanía geográfica, y “tiene que ver con una manera de abordar la política desde lo artístico”. También cree que los une el interés por los personajes femeninos. “No es que yo escriba todo el tiempo sobre mujeres, pero en el caso de Mis muertos tristes y los cuentos elegidos las voces son de mujeres, y Pablo venía trabajando con voces femeninas fuertes, pero con una sensibilidad por la oscuridad”, añade.

Tanto en sus libros como en este guion, Enriquez intenta “desmontar lo que hay detrás del fantasma y del cuento de fantasmas como cuento solamente de miedo”. Para eso siempre se pregunta qué es un fantasma, y para ella “no es un ente que viene de otro lugar, sino una persona que vivió y que vuelve para pedir que se la recuerde, pedir que se le haga justicia y para decir ‘yo también existí', no para dar miedo”. Una obra sobre los fantasmas de la memoria que se va a ver en 2026, en plena época de Milei, aunque eso es algo que Enriquez cree que no cambia nada: “Podrías cambiar ese año por cualquiera de los últimos 50 y sería lo mismo. La Argentina del 82 que entraba en la guerra, la Argentina del 89 con la hiperinflación, la de mediados de los 90, la de Menem, que es una de las épocas más violentas de la democracia argentina. Es un problema estructural”.

Una Argentina que, en la serie, se muestra inoperativa y con unos servicios públicos colapsados que no dan nunca una respuesta. La burocracia como barrera para solucionar los problemas de la gente, algo que para la escritora es “literariamente muy interesante porque es muy reconocible y muy argentino”. “En Argentina no sabés lo que puede significar un corte de luz, la cantidad de vida que se desvanece cada vez que se te corta la luz. Me parece uno de esos elementos que hace que tu vida sea penosa. Me interesa mucho trabajar eso literariamente. Primero porque la burocracia no se trabaja mucho literariamente o se trabaja en estos términos kafkianos, que tienen algo del absurdo, pero no tienen el agobio y el peso cotidiano de decir por qué mi vida tiene que ser hablar con una persona por teléfono todo el día”, zanja Enriquez.