Cuando se leen así, uno atrás del otro, como acabo de hacer, todos los cuentos de Edgar Allan Poe, casi mil páginas de trabajo, es inevitable preguntarse, ¿por qué se lo exalta como el gran maestro del horror? En las Histoires extraordinaires, la célebre recopilación traducida y prologada por Charles Baudelaire, el poeta no incluyó solo los cuentos de terror: el volumen abre con “Los asesinatos de la rue Morgue” y “La carta robada”, dos de los cuentos que ubican a Poe como el creador del género policial, junto a “El misterio de Marie Roget” y en menor medida “El escarabajo de oro”, que se ubica entre la deducción y el relato de aventuras. En los tres primeros aparece Auguste Dupin, modelo del detective racional que luego toma Arthur Conan Doyle para su Sherlock Holmes, y el resto, como se dice, es historia. La potencia de esos relatos policiales y su importancia en la literatura bastarían para consagrarlo como Gran Maestro. Un año después, en 1857, Baudelaire sí incluyó en una segunda edición muchos de los cuentos que hoy se consideran clásicos del terror en Nouvelles Histoires Extraordinaires. No puede atribuirse la fama de Poe y su entidad como icono tenebroso solo por esta edición. Hay sintonía, sin embargo, en la sensibilidad mórbida y satánica de Baudelaire, en esos años de preludio a Los poetas malditos de Paul Verlaine, Contra natura de Joris-Karl Huysmans, y el breve fin de siglo simbolista obsesionado por la muerte y la decadencia que lo convierte en un santo patrono de aquel fin de siecle. Poe encarnaba aquella sensibilidad y la llevaba al extremo. Sin embargo, hoy no queda atrapado, en absoluto, en el espíritu de época. Y tampoco sus cuentos de horror. Edgar Allan Poe dialoga con la contemporaneidad. Qué tontería: esa es la definición de un clásico. Lo que sucede es que sus otros relatos, todos notables, no están en la misma conversación.



